miércoles, 13 de enero de 2010

Mártires OMI Madrid


Mártires OMI Madrid

QUIEN ES QUIEN

Con esta rúbrica queremos dar a conocer los Mártires Oblatos de España, uno por uno.
En la foto de esta página tienes a todo el grupo; pero puedes acceder a las páginas anteriores: 2009, 12 nombres y sus respectivas semblanzas, y en 2010, otros 12.
Son 23 Mártires en total; pero el P. Esteban, cabeza de grupo, está repetido.
El orden va de abajo (2009) hacia arriba.
El título del BLOG es: Mártires OMI Madrid.
El acceso directo:
http://martiresomimadrid.blogspot.com
Agradecemos que lo des a conocer a tus amistades.
Puedes añadir algún comentario.
Muchas gracias.
Joaquín Martínez Vega, o.m.i.
Postulador General de las Causas de los Santos.






Francisco ESTEBAN LACAL




Francisco ESTEBAN LACAL
Provincial de los Oblatos en España.

En el relato martirial de los Mártires de Paracuellos (Madrid) se recoge el “gesto” que se atribuye al Padre Provincial de los Misioneros Oblatos, antes de ser fusilados, con otros religiosos.
Según el testimonio de Mons. Acacio Valbuena, “se lo contó a los padres Mariano Martín y Emilio Alonso el enterrador, que estuvo presente en la ejecución”.

Tras dar la absolución a los futuros mártires, se dirigió a los verdugos con estas palabras:
“Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos, lo somos. Tanto yo como mis compañeros os perdonamos de corazón”.
¿Quién era ese “Padre Provincial” que, en esa hora decisiva valientemente hizo pública profesión de fe y se dirigió con tanta entereza a quienes los iban a ejecutar, para ofrecerles, en nombre de todas las víctimas, el perdón?

Era el Padre Francisco Esteban Lacal.

Nota biográfica

El P. Francisco Esteban nació en Soria, diócesis de Osma-Soria, el día 8 de febrero de 1888.
Era miembro de una familia de seis hermanos.

Hizo los estudios secundarios en el Juniorado o seminario menor que los Misioneros Oblatos acababa de abrir en Urnieta (Guipúzcoa).
Allí mismo comenzó el noviciado e sus primeros votos en la Congregación de los Misioneros Oblatos el 16 de julio de 1906.
En 1911 fue a Turín (Italia) y allí completó los estudios eclesiásticos y recibió las Órdenes Sagradas que culminaron con el Presbiterado el 29 de junio de 1912.
Al año siguiente se incorporó, como profesor, a la Comunidad del Juniorado de Urnieta, donde estará hasta 1929. Este año fue destinado a Las Arenas (Vizcaya) como auxiliar del Maestro de Novicios.
Un año más tarde, en 1930, regresa a Urnieta como Superior; sigue siendo profesor, primero como Superior y, dos años más tarde, también como Provincial, cargo para el que fue nombrado en 1932.

En 1935 trasladó su residencia a Madrid, a la casa que ya tenían los Oblatos en la calle de Diego de León. Allí acogió, como buen pastor, a un grupo de Oblatos que, detenidos en su Comunidad de Pozuelo de Alarcón y llevados después a la Dirección General de Seguridad, fueron puestos en libertad el 25 de julio de 1936.

Detención y relato martirial


Con esos Oblatos en diáspora y con los que ya anteriormente estaban en la Comunidad con él, sufrió las angustias de la persecución religiosa en Madrid y las experimentó directamente cuando el 9 de agosto de 1936 fue expulsado, con sus hermanos Oblatos, de su propia Comunidad de Diego de León.

Con ellos va a refugiarse a una pensión situada en la calle Carrera de San Jerónimo.

Allí anima a sus hermanos y busca por todos los medios, que eran escasos y con muchos riesgos, alentar material y espiritualmente a los demás Oblatos expulsados de la casa de Pozuelo y refugiados en distintos lugares de Madrid.

Con casi todos ellos se va a encontrar el 15 de octubre, cuando la mayoría son detenidos y llevados a la Cárcel Modelo de Madrid.

Todos los Oblatos “confesaron en todo momento su condición de religiosos”.
“En esta confesión, según la tradición viva de la Congregación, se distinguió siempre el P. Francisco Esteban”.

Un mes más tarde, el 15 de noviembre, es trasladado a la Cárcel de San Antón, Colegio de los Escolapios convertido en prisión. De allí fue “sacado” el 28 de noviembre para ser martirizado con otros 12 Oblatos en Paracuellos del Jarama.
Iba a cumplir los 50 años.

Testimonios

La familia del P. Francisco nos cuenta:

“Soy sobrina carnal del Siervo de Dios Francisco Esteban. Yo conocí a mi tío desde siempre porque venía a vernos a Madrid donde mi familia tenía una tienda. En verano, mi familia se trasladaba a San Sebastián (Guipúzcoa) y acudíamos a visitar a mi tío que entonces se encontraba en Urnieta.
Puedo decir que el trato que tuve con él fue frecuente.Estando en Pozuelo, mi padre nos llevaba a visitar al tío Francisco.

Mi abuelo era Guardia Civil (quizá esto influyó en su educación de ser heroico cumplidor del deber que se le encomendaba).
Mis abuelos fueron católicos practicantes, el ambiente familiar era de una religiosidad profunda.
La relación del Siervo de Dios con su familia era muy buena. Sus hermanos vinieron a vivir a Madrid y esto le facilitaba la relación frecuente con el P. Francisco.
Muchas veces en mi familia, ante algún problema de discrepancias en la misma, se decía que si hubiese estado allí el “tío Paco”, como se le llamaba familiarmente, no habría habido discordias.
El ministerio apostólico que desempeñaba mi tío durante el curso 1935-36 era el de Provincial de la Provincia Española de los Misioneros Oblatos. Mi padre se mostraba muy orgulloso de que su hermano fuese el Provincial.

Sobre las virtudes que aparecían en él, siempre destacó la de la sencillez. No le gustaba ostentar nada, a pesar de que entre mi familia era considerado como una personalidad.
Sobre el ambiente que reinaba en julio de 1936 en Madrid, puedo decir como hecho concreto que a mí, que tenía diecisiete años, me paraban los de la Casa del Pueblo, en el barrio de Tetuán (en Madrid), cuando iba a Misa, preguntándome que a dónde iba, a lo que yo contestaba que iba a Misa. Me decían que no debía ir y yo les respondía encarándome con ellos.
De aquellas circunstancias de mediados de julio de 1936, y cuál era la situación de peligro, da idea el (hecho) que mi padre adelantó el viaje a Santander, diciendo a mi madre que preparase todas las cosas porque “mañana nos vamos”.
Mi tío vino a vernos y recuerdo que mi padre le decía que por qué no se venía con nosotros porque tal y como se estaba poniendo la situación lo podía pasar muy mal.
Mi tío le contestó que no, porque su responsabilidad era estar aquí con los suyos y que no se debía a sí mismo sino a los demás.
Tanto mi tío como mi padre pensaban que lo que iba a ocurrir duraría pocos días y que sería una cosa sin más trascendencia.

También recuerdo que mi padre le decía que se quitase la sotana, y él siempre se negó a hacerlo. Además de la sotana, llevaba en el fajín y el gran Crucifijo de los Oblatos".
Juana Esteban

Otra sobrina testifica:
“Por lo que he leído, fue detenido el 15 de octubre de 1936 con otros Oblatos.
Sobre la cárcel, las únicas referencias que tengo es que pasaban miedo, porque nombraban unas listas con nombres indiscriminadamente de los que iban a matar, y que pasaron hambre y frío.
Uno de los supervivientes me contó que una persona, que resultó ser una religiosa de la Sagrada Familia de Burdeos, le llevó un abrigo a mi tío. Éste, viendo que un compañero de prisión pasaba frío, le dio su abrigo.
También he oído que procuraban rezar el rosario clandestinamente cuando paseaban por el patio o en las celdas”.
Teresa Esteban.

Los Oblatos que lo conocieron coinciden en afirmar que
“era una persona de fe acendrada, rígido consigo mismo y cariñoso con los demás, y cuya confianza en la divina Providencia era notoria para todos aquellos que lo conocían, hasta el punto que su confianza en Dios la manifestaba ante todos los problemas que había de solventar en la provincia religiosa, que en aquella época carecía de todo.
Era una persona seria, recta y, a la vez, cercana.
Siendo profesor, era cariñoso, nunca levantaba la voz en las clases, en la convivencia. En el comedor se acercaba a las mesas para ver si comíamos y, en algunos recreos, jugaba con nosotros.
Como Provincial hizo un apostolado permanente dentro de la Congregación, teniendo fama de recto, muy cumplidor., “esclavo del deber”; pero al mismo tiempo muy cercano y comprensivo para con los miembros de la Congregación que tenía encomendados en su provincia religiosa.
Ya en los últimos días de julio, en aquel Madrid revuelto y peligroso, no se escondió ni se recluyó en su comunidad, sino que salía frecuentemente interesándose por la religiosas de la sagrada Familia de Burdeos (Hortaleza, noviciado repleto de novicias jóvenes) y, por otra parte, por sus propios religiosos de Pozuelo traídos a Madrid y escondidos en distintos sitios.
Cuando se le advertía que no podía arriesgar tanto decía, refiriéndose a las Religiosas, que en ellas había que salvar algo más precioso que la vida.
En una de estas salidas, acompañando a una de ellas a casa de su familia, fueron detenidos por una patrulla. Cuando estaban siendo llevados a un “Tribunal Popular” (donde se les condenaba a muerte con un juicio sumario), el chofer se negó a ello y los llevó a una comisaría.
En el interrogatorio el P. Francisco Esteban declaró a la primera que era sacerdote y religioso y lo que estaba haciendo. Tal sinceridad hizo que uno de los funcionarios le dijera: “Pero hombre de Dios, diga usted que es profesor u otra cosa, pero no sacerdote”.
En esto anduvo hasta su detención definitiva, también cuando él mismo estaba escondido en la pensión de la calle Carrera de San Jerónimo, atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los suyos velando porque estuvieran asistidos espiritualmente, con salidas y movimientos llenos de audacia y habilidad.

Cuando les llega la hora de la verdad, el P. Pablo Fernández , corroborado por otros testigos, refiere lo siguiente:

Me consta que la reacción de estos Siervos de Dios ante la muerte, fue de mucha calma, serenidad y entrega en manos de Dios. Hacia los verdugos no manifestaron ningún desprecio, ni hubo insultos, y sí compasión por considerarlos ignorantes, equivocados y sobre todo manejados.
Los Siervos de Dios, una vez detenidos, no tuvieron ninguna opción de escapar de la muerte. La única forma de liberarse hubiera sido una apostasía; pero optaron por la fidelidad y entrega a Dios.





P. Francisco Esteban y compañeros mártires, rogad por nosotros.



Cándido Castán San José






Datos biográficos


Cándido Castán San José nació en Benifayó (Valencia) el 5 de agosto de 1894.Era un padre de familia que desde hacía varios años vivía con su esposa y sus hijos en Pozuelo de Alarcón en la colonia de San José.
Empleado de ferrocarriles de la Compañía del Norte de España, había estudiado bachillerato en el colegio de los Hnos. del Sagrado Corazón en Miranda de Ebro, donde había sido destinado su padre como Jefe de Estación. Después hizo estudios espe­ciales relativos a materiales ferroviarios. En 1936 prestaba sus servicios en dicha Compañía como empleado principal.Tenía dos hijos, Teresa, 15 años, y José María, 8.
Cristiano coherente, militante católico, era a la sazón Presidente de la Confederación Nacional de Obreros Católicos. Presidente así mismo de los Ferroviarios Católicos, sección de Madrid-Norte y afiliado a la Adoración Nocturna.¿Cómo se unió al “martirologio oblato”?Porque fue sacado de su casa y recluido, junto con otros seglares católicos, en el convento de los Misioneros Oblatos, provisionalmente convertido en prisión, y asesinado con el primer grupo de Oblatos.Entre sus descendientes, tiene un nieto sacerdote y una nieta religiosa.

Detención y martirio

El día 18 de julio sufre en su domicilio un primer registro, que nos describe vivencialmente su hija, testigo de visu:
“Se presentaron en casa unos milicianos, so pretexto de encontrar armas, que, por supuesto, no existían… Cuando terminaron, le ordenaron que no se moviera de casa”Cuatro días más tarde, el 23 de julio hacia mediodía, fue obligado a abandonar su casa por un grupo de “milicianos del comité revolucionario de Pozuelo”. Su hija Teresa fue testigo directo de su detención.Desde allí es conducido prisionero a la casa de los Misioneros Oblatos".

Recluido la noche del 23 de julio, es visitado por su esposa que le lleva comida y cena.En la noche del 23 al 24 de julio es sacado del convento con otros siete Oblatos y ejecutado junto con ellos en la Casa de Campo, parque situado entre Pozuelo y Madrid. Tenía 42 años.

Testimonio

Interesantísimo y detallado el testimonio de su hija. Entresacamos algunos párrafos:
Mis padres se casaron el día 4 de junio de 1919. El ambiente de la familia era extraordinario y allá donde iban mis padres íbamos mi hermano y yo. Fuimos educados en un clima de amor y religiosidad, donde en la familia, por parte de mis padres, se nos enseñó a rezar y a amar a Dios sobre todas las cosas y a hacer obras de caridad.
Tengo un recuerdo vivo de la gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús que tuvimos tanto en la casa de Madrid como en la de Pozuelo. Recuerdo que de pequeña, cuando no me portaba bien, mi padre me mandaba arrodillarme delante del Sagrado Corazón y pedirle perdón.

De la preocupación por nuestra educación religiosa, mis padres nos llevaron a colegios religiosos, tanto en Madrid como en Pozuelo.
En mi casa se vivía también un clima profundo de religiosidad. Mi padre rezaba el rosario todos los días y era devotísimo de la Santísima Virgen, enseñándonos a nosotros que era nuestra Madre del Cielo. Hacía la visita al Santísimo por la tarde. Muchas veces yo le acompañaba, en otras ocasiones comentaba en casa que había ido a tal o cual iglesia.
Era miembro de la Adoración Nocturna.Grandísimo devoto del Sagrado Corazón de Jesús, lo entronizó solemnemente en mi casa.
Esta religiosidad no sólo la vivía mi padre en su piedad particular, sino que también fue un propagador de la fe Católica.
Cuando nos trasladamos a Pozuelo recuerdo que promovió, en colaboración de otros vecinos, la construcción de una capilla, que todavía hoy existe, en honor de San José para oír misa los domingos. Teníamos que llevar las sillas, porque no sólo no había bancos, sino que ni siquiera había suelo.
En vista del mal cariz que tomaban las cosas, recuerdo que mi madre le propuso a mi padre (tras el arresto domiciliario) que se marchase a Benicarló, con la familia de mi madre, y se escondiese allí. Mi padre se negó diciendo que no tenía por qué esconderse ya que él no había hecho nada malo.
El 23 de julio hacia mediodía se presentaron de nuevo los milicianos para detener y llevarse a mi padre. En casa estábamos sólo él y yo, pues mi madre había salido a comprar acompañada de mi hermano pequeño.

Mi padre me dio el anillo de casado y las llaves de la casa diciéndome que se lo entregase a mi madre. Se lo llevaron al convento de los Padres Oblatos y por el camino se encontró con mi madre y mi hermano que volvían de la compra. Mi madre le preparó la comida y la cena y se lo llevó al convento.
Al día siguiente le preparó el desayuno y cuando se lo llevó ya no estaba.
En mi casa, mi madre tuvo siempre a mi padre por mártir, porque sabía que la única causa de su muerte fue la Religión.




martes, 12 de enero de 2010

Marcelino Sánchez Fernández


Datos biográficos

Marcelino Sánchez Fernández nació en Santa Marina del Rey, diócesis de Astorga y provincia de León, el 30 de diciembre de 1910.
Sus padres, Nicolás y Ángela, tuvieron ocho hijos, los cuales murieron todos en vida de los padres, excepto Marcelino y otro llamado Ángel. Era una familia cristiana con una conducta moral buena.
Ingresa en el juniorado de los Misioneros Oblatos de Urnieta (Guipúzcoa). La salud de Marcelino era precaria, lo que le obligó a regresar a la casa paterna. Una vez que se hubo recuperado, volvió al juniorado, y al no verse capaz de seguir con los estudios por motivos de salud, se le orientó hacia la vocación como hermano Oblato. Así, el 24 de marzo de 1927, comenzó el noviciado en Las Arenas (Vizcaya) en calidad de Hermano coadjutor y profesó el 25 de marzo de 1928, fiesta de la Encarnación del Señor. Permanece en la comunidad del noviciado, prestando valiosos servicios como sastre y portero. En 1930, inaugurado el escolasticado o seminario mayor de Pozuelo, es destinado a esa nueva comunidad y se dedica a prestar sus servicios a distintas tareas, principalmente la sastrería.
En 1935, después de siete años de votos temporales, hace su oblación perpetua y se siente ya plenamente integrado en la Congregación a la que siempre ha mostrado gran cariño. Se le recuerda como un religioso ferviente, devoto de la Virgen, cuyo rosario lleva siempre consigo, obediente, responsable y servicial.

Detención y martirio

El 22 e julio de 1936 es detenido con toda la comunidad oblata en Pozuelo de Alarcón; prisionero con todos, es llevado a la Dirección General de Seguridad situada en la plaza Puerta del Sol, centro de Madrid. Al día siguiente recobra la libertad.
En una redada general es detenido de nuevo y llevado a la Cárcel Modelo en Madrid. El 15 de noviembre de 1936 es trasladado a la Cárcel de San Antón (colegio de los Escolapios transformado en prisión), y durante la noche del 27-28 del mismo mes es “sacado” para ser martirizado en Paracuellos del Jarama, a pocos kilómetros de Madrid. Tenía 26 años.

Testimonios

Durante su infancia Marcelino vive en un ambiente bueno, apacible, religioso. Pertenecía a la asociación de los “Tarsicios”, movimiento católico para inculcar a los niños la devoción a Jesús Eucaristía y la comunión frecuente.
En el origen de su vocación se manifiesta con fuerza su fe para seguir el llamamiento de Dios, a pesar de la situación de su madre, paralítica. Dotado de buena voluntad y amante de su vocación religiosa, sigue fiel a ella, a pesar de los contratiempos y achaques de salud que le impiden continuar sus estudios y acepta con humildad el abandonar su proyecto de ser sacerdote para continuar en la vida religiosa como hermano coadjutor.

Un superviviente, el P. Felipe Díez, dice de estos hermanos oblatos, no sacerdotes:
Vivían en un sacrificio ejemplar en los distintos ministerios que ellos tenían. Entre otras tareas, recuerdo que el Hno. Bocos se dedicaba a la cocina, el Hno. Eleuterio atendía el cuidado y limpieza de la casa, y el Hno Marcelino Sánchez se dedicaba a la sastrería, arreglando sotanas (…). Vivieron la virtud de la pobreza aceptando la realidad de nuestra vida llena de carencias en cuanto a lo material, viviendo el Evangelio en el amor y fidelidad al trabajo, buscando, como dice el Evangelio, “servir y no ser servidos”.
De manera especial quiero destacar el ejemplo de los Hermanos Coadjutores que desempeñaban con alegría las tareas más humildes en la comunidad y eran un estímulo para todos. Concretamente, recuero a los Hermanos Bocos, Sánchez y Prado dándonos un ejemplo alegre y sencillo en el trabajo cotidiano.

En cuanto a las penalidades y vivencia durante la prisión y martirio, puede verse lo señalado referente a los otros Oblatos, Siervos de Dios, martirizados. Baste evocar un breve pasaje del elocuente testimonio del P. Felipe Díez, superviviente:
En el momento de la muerte, he oído que alguien, que por las descripciones coincide con el P. Esteban (nuestro Provincial), que pidió permiso para dar la absolución a sus compañeros. Y sus palabras últimas fueron: “Sabemos que nos matáis por ser sacerdotes y religiosos. Os perdonamos. ¡Viva Cristo Rey!”


lunes, 11 de enero de 2010

Eleuterio Prado Villarroel


Datos biográficos

Eleuterio Prado Villarroel nació en Prioro (León) el 20 de febrero de 1915. Pertenecía a una familia de humildes labradores, de una conducta moral intachable y profundamente religiosa. Destacaba en la familia la devoción a la Eucaristía y el rezo diario del Rosario. Su madre, “Tía Dominga”, tenía fama de santa. Era muy conocida no sólo en Prioro, sino también en los pueblos vecinos como apóstol y fundadora de las llamadas “Marías de los Sagrarios”, movimiento que aún perdura y que fomenta la devoción a Jesús Eucaristía.
Teyo, como se le llamaba familiarmente, desde niño se sintió llamado a se­guir los pasos de su hermano, el Padre Máximo, que sería un gran misionero en Texas. Inició los cursos secundarios en el juniorado de Urnieta (Guipúzcoa). Tenía alguna dificultad para los estudios y optó por seguir en la Congregación como Hermano Oblato.
Así pues, hizo el noviciado en cali­dad de Hermano Coadjutor y emitió los primeros votos el 25 de abril de 1928.
En 1930 se abre la nueva casa del escolasticado en Pozuelo y es destinado a esta comunidad. El 28 de abril de 1935 hace la oblación perpetua y queda integrado para siempre en la Congregación de los Misioneros Oblatos hacia la que siempre ha demostrado gran cariño.
Era piadoso y afable. A Teyo siempre se le veía contento, servicial y animador. Era muy mañoso sobre todo en ebanistería, que fue su principal cometido.

Detención y martirio

En su comunidad de Pozuelo le sorprende la invasión de los milicianos que se adueñan de la casa el 22 de julio de 1936. Detenido con sus hermanos de comunidad, tras la ejecución nocturna de seises Oblatos y un padre de familia, es trasladado a Madrid y, puesto en libertad, acude buscando refugio a la casa provincial de la calle Diego de León. Allí permanece hasta el 10 de agosto, fecha en que expulsan a toda la comunidad, incautándose de la casa, y encuentran refugio en una pensión en la Carera de San Jerónimo.
Allí vive escondido hasta que el 15 de octubre, fecha en que es detenido de nuevo y llevado a la Cárcel Modelo y trasladado después a la de San Antón, de la que se “sacarán” el 28 de noviembre de 1936 para ser martirizado. Tenía 21 años.

Testimonios

En la comunidad de Pozuelo destacaba por la alegría y generosidad con las que prestaba toda clase de servicios en las faenas más humildes. Eleuterio no perdió su carácter jovial y optimista, no exento de virtud sobrenatural, en los momentos de persecución y cautiverio previos al martirio, dando ánimos a los compañeros de prisión. Así lo manifiesta una sobrina, Felipa Prado:
Siempre he oído que mi tío era un hombre muy optimista, alegre, en todos los momentos, incluso estando en la cárcel. Creo que esto es un signo de confianza en Dios, como quien vive muy seguro de que Dios no nos deja nunca de su mano. Esta confianza en Dios es la que le hacía mantenerse alegre cuando las circunstancias que vivía eran adversas y, en el caso de la cárcel, podían hacerle prever una muerte próxima.
Destaca el ánimo que infundía a sus compañeros en la cárcel y en el proceso hasta el martirio.


A propósito del martirio, el P. Delfín Monje detenido también, y que le precedió en la Cárcel Modelo, escribe:
Serían las ocho de la mañana cuando veo entrar por la puerta del calabozo a una cara conocida: era el hermano Eleuterio Prado. Venía sonriente, como joven que era y no había adivinado la tragedia que había comenzado.
Detrás de él, otras caras conocidas: el hermano Publio Rodríguez y el hermano Angel Villalba. Comprendimos que los Oblatos refugiados con el P. Esteban en la pensión de san Jerónimo habían sido detenidos igualmente.
Las condiciones en la cárcel -prosigue su sobrina-
eran durísimas, les hacían pasar hambre y, a consecuencia de los malos tratos, algunos de ellos llegaron a morir. Estaban hacinados y las condiciones higiénico-sanitarias simplemente no existían.
Los carceleros buscaban fundamentalmente la apostasía de la fe, cosa que no sucedió en ninguno de los religiosos de distintas congregaciones (Oblatos, Agustinos, Hospitalarios…) que había en la cárcel. Era tal la firmeza en la confesión de la fe, que algún miliciano llegó a decir que le daban ganas de seguir su ejemplo, al verlos tan firmes en la fe.

En la cárcel de San Antón, Eleuterio se reunía casi todos los días en el patio con otros religiosos, entre los que estaba el P. Felipe Fernández, Agustino, de su pueblo. Otro sobrino de Teyo, que se llamaba como su tío, y sobrino a su vez de ese otro religioso, recoge el testimonio de este segundo tío superviviente:
Entre ellos estaba el P. Felipe Fernández, familiar mío, que me contó cómo se encontraban prácticamente todos los días en el patio de la cárcel y que (mi tío) estaba siempre sonriente. Comentaban que ya habían “sacado” a dos del pueblo que eran Genaro Díez, Agustino, y Serviliano Riaño, Oblato. Comentaban, y mi tío Felipe insistía mucho en ello, que estos dos muy probablemente ya hubiesen sido asesinados y que eran mártires.
Mi tío Felipe ponía mucho énfasis y a mí me quedó muy grabado, que en ese grupo, el 27 de noviembre de 1936 se comentaba el hecho de que se estaba preparando una gran “saca”, como así fue, que era muy fácil que les tocase a alguno de ellos, y que a modo de despedida comentaban: “Si no nos vemos más, hasta el Cielo”.
El 28 de noviembre por la mañana este grupo de religiosos del pueblo que estaba prisionero fueron a buscar a Eleuterio y ya no lo encontraron.

Aquella noche del 17 al 28 de noviembre había sido “sacado” de la prisión para ser inmolado en Paracuellos. Su nombre con el de otros 12 Oblatos está en la lista de quienes, bajo la apariencia de “orden de libertad”, son llevados al hoy llamado Cementerio de los Mártires de Paracuellos.

Ángel Francisco Bocos Hernández



Datos biográficos

Ángel Francisco Bocos Hernández nació en Ruijas, diócesis de Santander (Cantabria), el 27 de enero de 1883.
Ingresó en el noviciado oblato, con miras a consagrar su vida a Dios como religioso no sacerdote, el 31 de diciembre de 1900. Hizo su primera oblación temporal en 1901 y su oblación perpetua en 1907.
En sus 35 años de vida religiosa estuvo en distintas comunidades oblatas: Madrid, Aosta y San Giorgio Canavese (Italia), Notre Dame de Lumières (Francia)… Regresó a España en 1925.
Le destinan primeramente al noviciado de Las Arenas (Vizcaya), luego, en 1929, al abrirse el escolasticado en Pozuelo (Madrid), pasa a formar parte de esta nueva comunidad, prestando valiosos servicios, sobre todo en la cocina.
Sabemos muy poco de su familia. En el certificado de bautismo aparece “desconocido el padre”. Al fallecer la madre, fue recogido por su tío Felipe Hernando, párroco de Quinasolmo, de quien recibió sólida y cristiana educación. Cuando llamó a las puertas del noviciado oblato tenía 17 años.

Detención y martirio

Fue hecho prisionero con toda la comunidad el 22 de julio de 1936, llevado después a Madrid y puesto en libertad el 25 de julio. El hermano Ángel Bocos trata de buscar refugio seguro, pero el 15 de octubre es de nuevo detenido y llevado a la Cárcel Modelo donde se encontrará con casi todos los Oblatos de Pozuelo. Un mes más tarde le trasladan a la cárcel de San Antón y desde allí, el 28 de noviembre de 1936, lo “sacan” para ejecutarlo con otros doce Oblatos en Paracuellos del Jarama.
Fue un excelente cocinero, siempre sacrificado, servicial, piadoso y de buen conformar. Era el mayor de los Mártires, tenía 53 años.


Testimonios

Debido a su edad y a su reducida familia, ha sido difícil encontrar testigos que lo conocieran. Mons. Félix Erviti, ex superior del escolasticado de Pozuelo y 40 años Prefecto Apostólico del Sáhara Occidental, que conoció a los Oblatos en Francia, donde recibió su formación religiosa, es uno de los pocos que dan testimonio:
Conocí al hermano Ángel Bocos siendo yo junior en el seminario menor de Lumières. Este lugar donde vivía la comunidad oblata era un santuario de la Santísima Virgen. En la cripta íbamos a hacer los ejercicios de piedad en los que destacaba el hermano Ángel Bocos. Su carácter era apacible y pacífico. Era humilde y callado. Después de 1925 fue trasladado a otra comunidad y yo ya no volví a tener contacto con él.

Hay varios testimonios sobre los hermanos de la comunidad de Pozuelo. Dice, por ejemplo, el P. Angel Villalba, que convivió con ellos: Como comunidad había una caridad colectiva hacia el prójimo. Dentro de la comunidad estaban los (tres) hermanos coadjutores que participaban de esa caridad y eran para nosotros un testimonio admirable.
También el P. Felipe Díez, otro superviviente, subraya: Los hermanos coadjutores vivían en un sacrificio ejemplar en los distintos ministerios que ellos tenían.
Y el P. Acacio Valbuena añade: Los hermanos coadjutores tenían trabajos al interior de la comunidad, dentro de una vida humilde y regular, ocupándose de tareas como portería, sastrería, cocina, etc. Eran cooperadores en la formación de futuros sacerdotes con su ejemplo, su interés, su entusiasmo y su oración.



Al ser detenidos en su casa de Pozuelo, el cabecilla de los milicianos le obliga a seguir en la cocina, bajo vigilancia, diciéndole: “Tu haz la comida para todos, pero de faltar, que falte para los tuyos y no a los míos”.
De una carta que este Hermano envió al entonces Superior General, P. Agustín Dontewill, podemos deducir su fortaleza, resignación y paciencia ante las adversidades, tales como la dolencias del estómago y de una pierna, y cómo, a pesar de eso, continuaba haciendo el trabajo de la cocina, en el que llevaba 24 años, ofreciendo todo esto “para mayor gloria de Dios y salvación de las almas”, decía.
D. Ricardo Quintana, Delegado diocesano de las Causas de los Santos en la Archidiócesis de Madrid, que presidió, como juez, todo el proceso diocesano, no puede disimular su simpatía hacia este Sirvo de Dios y está convencido de que el hermano Bocos, de quien pocos hablaban en el proceso, era un verdadero santo y a su intercesión atribuye la pronta curación personal de un grave incidente.

domingo, 10 de enero de 2010

Justo Fernández González


Datos biográficos

Justo Fernández González nació el 2 de noviembre de 1916 en Huelde, provincia y diócesis de León. Este pueblo posteriormente quedaría anegado por las aguas del Pantano de Riaño.
Justo es el más pequeño de 12 hermanos, familia humilde y sencilla de labradores, profundamente religiosa semillero de vocaciones. De los 12 hermanos, 8 respondieron al llamamiento de Cristo consagrándole su vida: dos sacerdotes diocesanos, dos Oblatos, un Franciscano y tres hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos.

En septiembre de 1929 justo ve realizado su sueño de ingresar, también él, como había hecho su hermano Tomás, en el juniorado de los Misioneros Oblatos de Urnieta (Guipúzcoa).
En junio de 1934 pasa a Las Arenas (Vizcaya) para hacer el noviciado y profesa el 16 de julio de 1935. A continuación es enviado a Pozuelo (Madrid) para iniciar los estudios eclesiásticos que tendrían que llevarle hasta el altar. Apenas termina el primer curso, tras unos días de retiro, Justo se prepara con sus connovicios a renovar su oblación temporal. Era el 16 de julio de 1936. Sólo seis días después, el 22 de julio, sería detenido con todos los miembros de la comunidad oblata de Pozuelo.

Martirio

Tras dos días de prisión en el propio convento convertido en cárcel, es llevado con sus compañeros al centro de Madrid, Dirección General de Seguridad. Justo, con sus hermanos Oblatos, al día siguiente se encuentra en libertad, pero desorientado, en la Capital de España sin saber a dónde ir. Se refugia con un primo suyo en casa de una familia, hasta que es detenido otra vez y conducido a la Cárcel de San Antón. De aquí fue “sacado” con otros doce Oblatos el 28 de noviembre de 1936 para ser martirizado en Paracuellos del Jarama. Acababa de cumplir 20 años.

Ya desde niño…

Vino al mundo para ser santo y nunca per­dió de vista su meta. Caminaba hacia ella con una intensa vida de oración y cultivando el corazón noble, bondadoso, pacífico y paci­ficador que poseía.
Durante la infancia asistía a la escuela y todos los días a la catequesis que daba el párroco en el pórtico de la iglesia antes de rezar el rosario. Ayudaba a Misa todos los días y recibía el sacramento de la reconciliación con frecuencia. Dos anécdotas pueden ayudarnos a intuir su profunda vida de piedad.

Cuenta su sobrino y coetaneo Julián, que convivió de niño con él: “Recuerdo que murió un familiar y cuando lo conducían la iglesia, nos invitó a un grupo de niños que íbamos con él, a rezar un Padrenuestro”.
La otra anécdota nos la refiere su hermana: “Cuando sólo tenía ocho años un día me dice: “¿Sabes que Paco es el novio de Constancia” (una hermana mayor). Y yo le dije: “Y el mío, ¿quién es?” Y me contestó: “El tuyo es Jesús”. El había oído que yo quería entrar monja…

El P. Olegario Domínguez, que convivió con él en el seminario menor, cuenta cómo le impresionó: “A los que fueron mis compañeros los admiré siempre por su regularidad, generosidad y fidelidad en lo que se nos pedía, especialmente Justo, que fue puesto por los superiores como responsable de los pequeños. Recuerdo que con mucha delicadeza nos llamaba la atención e, igualmente, impedía que hubiera conflictos”.

…y de joven

Ya en Pozuelo, Justo veía el ambiente hostil, muy tenso, contra todo lo religioso, como podía verse por la quema y saqueo de iglesias y conventos.
El P. Pablo Fernández subraya la animadversión contra los Oblatos por odio a la fe: “Los Oblatos de Pozuelo eran muy apreciados y valorados por los creyentes, y convocados a asistir a reuniones y celebraciones religiosas, en las fiestas patronales, así como en otras solemnidades. También eran llamados para dar ejercicios espirituales. Esta buena fama entre los creyentes tenía como contraposición la animadversión, por odio a la fe, de los grupos extremistas, anarquistas… Este clima se debía a que la comunidad de los Misioneros Oblatos era la que promovía la vida cristiana en todo el contorno de Pozuelo: Aravaca, Majadahonda y Húmera”

Sobre la previsión del martirio, añade: “Los días anteriores al 22 de julio, aunque no salían del convento, sin embargo estaban siendo testigos de lo que ocurría a su alrededor: el humo que veían de las quemas de iglesias y conventos en Madrid, las idas y venidas de los milicianos por las calles, las amenazas directas, cuando pasaban por delante del convento, provocando, diciendo: “¡Mueran los frailes!” Todo esto hacía que la comunidad previera que, de un momento a otro, fueran a por ellos. Tanto es así que cuando entraron, el hermano portero avisó al P. Delfín Monje y le dijo: “¡Ya están ahí!”
El trato que recibieron en la cárcel, expresado por testigos oculares, fue despiadado, con muchos desprecios, pasando frío, hambre, mucha miseria, incluso llenos de piojos. No tengo constancia de que fueran sometidos a interrogatorios.
El comportamiento de los Siervos de Dios en la prisión fue de serenidad, de mucha confianza en Dios, al que invocaban repetidamente (…) Quiero resaltar que los formadores superveintes estuvieron presidiendo aquella pequeña comunidad en cautiverio. No hicieron dejación de sus responsabilidades. Los escolásticos por su parte mantuvieron, en todo momento, la deferencia y la obediencia a sus Superiores.
Su reacción ante la previsión del martirio fue de mucha serenidad, dominio de sí y oración al Señor. El móvil que los guiaba era el deseo de consumar su oblación, hasta el punto que uno de los supervivientes me dijo: Nunca me he tenido más preparado para la muerte que en aquellos momentos”.