jueves, 2 de enero de 2014

La tormenta, se veía venir


Urnieta (Guipúzcoa): iglesia parroquial y juniorado (convento) de los Oblatos 

En Roma, más concretamente en la Congregación de las Causas de los Santos, una personalidad de este Dicasterio vaticano se preguntaba si estos Siervos de Dios, presuntos Mártires, eran conscientes del peligro de muerte que les amenazaba. Yo le respondí que no sólo ellos, sino hasta los más jóvenes, los seminaristas del Juniorado o Seminario Menor, aún adolescentes, sabían que se estaba cerniendo la tormenta de una persecución religiosa sobre sus cabezas. Para corroborar mi afirmación, le recordé que la probable quema de su convento de Urnieta (bombardeado poco después) era el tema de conversación de aquellos aspirantes durante los recreos. El testimonio de uno de ellos que, viajando con sus compañeros en el tren, veían cómo algunos pasajeros los amedrentaban con el gesto amenazante de cortarles el cuello, era una prueba clara de ello. Este testigo tenía por entonces unos 16 años y estando ya a las puertas del noviciado, estalló la guerra y fue obligado a enrolarse en filas para ir al frente. Esto, paradójicamente, le salvó la vida. Terminada la contienda, reanuda su noviciado y pasa a Pozuelo para formar parte del primer grupo que rehabilita la casa como escolasticado.
A continuación puede leerse su declaración jurada en el proceso diocesano de la Causa de los Mártires Oblatos.



Urnieta, conento en costrucción, tal como lo compraron los Oblatos

Datos generales del testigo


Me llamo Ignacio Escanciano Fernández, nacido el 31 de julio de 1920 en Tejerina (León), hijo de Gregorio y Marcelina, de estado religioso profeso, sacerdote, en la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.

       La relación que me une con los Siervos de Dios es que somos de la misma Congregación. En concreto conviví en Urnieta, en el Seminario Menor, un año con cinco de ellos: Francisco Esteban, Pascual Aláez, Clemente Rodríguez, Justo Fernández, Daniel Gómez. De los otros tengo algunas referencias porque son de pueblos vecinos y en general de todos por lo que he escuchado en la Congregación.

Conocimiento de la familia de algunos.

       Sé que el padre del Siervo de Dios Francisco Esteban era guardia civil. Era una persona muy recta y así dirigía el Seminario, pero siempre sin alterarse.

       También conocí a los padres de Justo Fernández en el pueblo, llamados el “tío Gregorio” y la “tía María”, con los cuales mi familia mantenía una estrecha relación; era una gente extraordinaria, una familia “levítica”, puesto que tenían un hijo Oblato, Tomas Fernández, además del Siervo de Dios, tres religiosas de la Sagrada familia de Burdeos, un Capuchino y dos sacerdotes diocesanos. Su condición social era la de labradores.

Tía Dominga de Prioro

       Los Siervos de Dios Serviliano Riaño y Eleuterio Prado eran de un pueblo vecino al mío. Pertenecían también a familias muy religiosas. Serviliano tenía dos hermanas religiosas de la Sagrada familia de Burdeos. La familia de Eleuterio Prado era también muy religiosa. Su madre era conocida como la “tía Dominga”, mujer muy conocida en los pueblos de alrededor por su acendrada religiosidad; fundadora, en las parroquias en las que no existía, de las “Marías de los Sagrarios”; y donde existían visitaba a los componentes de la Asociación. Todo esto lo hacía mientras vendía quesos para hacer llegar recursos económicos para la familia. Siendo yo novicio, a otro religioso y a mí nos dio una lección: Estando confeccionando un embutido de cerdo, se nos perdió la aguja; asunto este importante por la transcendencia que podía tener ya que dicho embutido estaba preparado para que lo comiesen otras personas. Mientras nosotros buscábamos afanosamente, ella se marchó a la capilla a rezar. A la vuelta nos dijo exactamente dónde estaba la aguja.

       Además de Eleuterio tenía otro hijo Oblato, Máximo, mayor que Eleuterio y que estuvo muchos años como misionero en Estados Unidos.
         
Infancia y adolescencia de los Mártires
      
       Sobre la infancia y adolescencia de los Siervos de Dios a los que he hecho referencia, tiene el denominador común de haber sido personas que fueron educadas en la religión católica, con una asistencia asidua a la catequesis, habiendo recibido la primera Comunión con muy buena preparación, con una vivencia en sus casas de práctica  y devoción religiosa, con rezo del rosario, visita diaria al Santísimo. Con un comportamiento ejemplar en su casa y con los vecinos. Podría decirse que, prácticamente, aún sin proponérselo, a todos nos educaban para ser sacerdotes o religiosos. Todo esto lo sé porque yo viví este mismo ambiente.

En clima de amenazas de muerte

       Conviví con ellos en Urnieta durante un año, en el Seminario Menor. Estaban haciendo el quinto curso de humanidades y yo estaba en primero. La relación directa con ellos, dada las divisiones de cursos que había entonces, no fue mucha. En los actos comunitarios se les veía piadosos y nunca escuché que existiese ningún problema entre los Siervos de Dios y los Superiores. Por otra parte, en aquella época, la disciplina era muy rigurosa y los que pasaban al noviciado iban seleccionados.


Hasta los más pequeños del Juniorado se sabían amenazados

En cuanto al clima hostil, en esa época en que yo viví en el Seminario Menor, puedo decir por mi propia vivencia personal, que lógicamente también afectó a los Siervos de Dios, aunque la situación en el País Vasco era menos virulenta que en Madrid, sin embargo, cuando salíamos de paseo, por ejemplo en Hernani, nos tiraban piedras e insultaban, por lo cual nos sacaban a pasear a la montaña. Aún siendo niños, uno de nuestros temas de conversación era como escapar a un posible incendio del Seminario provocado por el odio a lo religioso. Cuando íbamos de vacaciones, durante el viaje, cuando algunos percibían que éramos seminaristas, hacían el signo de cortarnos el cuello, incluso, en ocasiones,  navaja en mano.
       En nuestros pueblos, dada la religiosidad que existía, el ambiente era totalmente distinto y, según mis propias vivencias, el comportamiento de los Siervos de Dios durante las vacaciones era ejemplar.

Seminario Mayor y ministerio apostólico

       Por los datos que tengo, de referencias de la misma Congregación, puedo decir que en el tiempo que los Siervos de Dios estuvieron en Pozuelo, el clima de persecución arreciaba en Madrid más que en otros sitios, hasta el punto, que hubieron de trasladarse en unas vacaciones del Seminario Mayor de Pozuelo al Seminario Menor de Urnieta.
       En cuanto al ministerio, no tengo datos concretos sobre el ministerio que desarrollaban, si bien, a nosotros que fuimos los que veníamos detrás, las noticias que nos llegaron fueron de un comportamiento ejemplar tanto por parte de los sacerdotes como de los Siervos de Dios que formaban la Comunidad. La mayoría de los Siervos de Dios eran estudiantes, cuya misión principal era el estudio, la formación, y dentro de ésta, la catequesis ayudando al párroco de la parroquia del pueblo como ya era tradición en los Oblatos.
       Entre las actividades que tenían estaban los evetnos culturales como representaciones teatrales a las que invitaban a la gente conocida.

Detención de los Siervos de Dios

       El ambiente sociopolítico que existía en Madrid, y en Pozuelo en julio de 1936, simplemente era de odio a la fe y a todo lo que significase religión. Según mi criterio, este clima se debió a un envenenamiento general de las masas, como se pudo demostrar cuando tomaron el Convento de Pozuelo y el registro que siguió en busca de armas y de dinero.

       La Comunidad fue detenida por el hecho de ser religiosos y la tarea o misión que tenían encomendadas era la propia del ministerio sacerdotal o de estudiantes, o también de ayudar en los otros menesteres de la casa, en relación con los hermanos coadjutores. No existía entre los Misioneros Oblatos ninguna adscripción o significación de tipo político. Todo esto lo sé por referencias de la misma Congregación ya que mi promoción fue la siguiente a la de los Siervos de Dios. Por estas mismas referencias que pertenecen a la historia viva de la Congregación, supe que habían conducido al comedor a toda la Comunidad, que habían hecho varios registros, siempre bajo la amenaza de las armas y que al poco tiempo de la detención, uno o dos días, eligieron a siete de ellos más a un laico, llamado Cándido Castán al que habían conducido al Convento en calidad de detenido unas pocas horas antes, y se los llevaron sin que se volviese a saber de ellos. También tengo conocimiento por estas mismas referencias, de aquellos años inmediatos a la guerra civil española, que habían convertido el Convento en una pequeña prisión donde habían llevado a una serie de personas significadas por su condición religiosa o política.

       Sobre si pudieron evitar su detención, según mi criterio y lo que he oído, dadas las circunstancias poco pudieron hacer. Supimos del caso de un estudiante, que no fue martirizado, que intentó huir y que otro le hizo recapacitar indicándole que su huida ponía en peligro la vida del resto de la Comunidad.

       Todos, según las referencias de los supervivientes, se mantuvieron fieles a su vocación y ninguno de ellos apostató de la fe, cosa que si lo hubiesen hecho muy probablemente le hubiese salvado la vida.
      
Vida en la clandestinidad y en la prisión

       La Comunidad fue trasladada desde Pozuelo a la Dirección General de Seguridad en Madrid donde los soltaron. Debió de existir una especie de reunión de Comunidad donde el Superior, el padre Vicente Blanco, pensó una posible distribución: unos en la casa del sastre que nos hacía las sotanas, al que yo conocí personalmente, que era una bellísima persona; otros en casa de conocidos y familiares, y otros en la Casa Provincial ubicada en la calle Diego de León. Sobre la vida en clandestinidad lo que puedo decir es que habían de vivir comprometiendo lo menos posible a las familias que les habían acogido. Es referencia conocida en la Congregación, que el padre provincial, Francisco Esteban, visitó y cuidó a todos ellos, e incluso a religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos.

       Poco a poco, como consecuencia de registros y denuncias, fueron deteniendo a todos los Siervos de Dios y conduciéndolos a la cárcel Modelo. Todos ellos confesaron en todo momento su condición de religiosos. En esta confesión según la tradición viva de la Congregación se distinguió siempre el padre Francisco Estaban, afirmando con rotundidad: Somos Oblatos de María Inmaculada.

       Sobre la vida en la cárcel lo que he oído a los supervivientes es que estaban amontonados, con mucha miseria y falta de ropas y alimentos. Tenían como compañeros a los Agustinos del Monasterio del Escorial y a los Hermanos de san Juan de Dios, ya beatificados. Existía un clima de piedad. También existía un clima de tensión cuando se leían las listas de los que se llevaban a fusilar, lo que fue conocido en toda España como las “sacas”. Cuando era pronunciado el nombre de uno de ellos buscaba la forma de acercarse a un sacerdote para que le diese la absolución.

Presentían el martirio

       Los Siervos de Dios preveían el martirio, dadas las condiciones en que vivían: desde que fueron detenidos en el mismo Convento de Pozuelo, continuando por su vida en la clandestinidad, y también por su vida en la prisión. Sobre su reacción ante la previsión del martirio, pienso que todos lo aceptaron ya que de ninguno de ellos he escuchado nunca que lo rechazase, ni tampoco que negase su condición religiosa. El único móvil que les podía guiar era el sobrenatural y eran conscientes de que si los mataban era únicamente por su condición religiosa y por odio a la fe.
      
       A excepción de los siete primeros Oblatos que se los llevaron estando en Pozuelo, el resto fue ejecutado en Paracuellos del Jarama a excepción de Serviliano Riaño que lo inmolaron en Soto de Aldovea (Torrejón de Ardoz). Con ellos fueron también martirizados varios Agustinos de la Comunidad del Escorial y varios Hermanos de san Juan de Dios, ya beatificados.
      
       Según las referencias de un testigo presencial, y por la descripción que hizo este señor, fue el padre Francisco Esteban quien, en el momento de la ejecución dio una absolución  general e hizo alusión al perdón de todos para con los ejecutores. Dijo “Ya sabemos por qué nos matáis; porque somos religiosos, os perdonamos.” Y grito: “¡Viva Cristo Rey!”.
      
       Sobre si pudieron librarse de la muerte, la única posibilidad hubiese sido negar su condición religiosa, cosa que evidentemente no hicieron sino que murieron por Jesucristo.

Fama de Mártires

       La fama del martirio de los Siervos de Dios la he vivido desde el momento en que entré de nuevo en la Congregación, terminada la guerra. Recuerdo que cuando volví al Convento de Pozuelo estaba este bajo los efectos de haber sido prisión, cuartel y también vivienda, si puede llamarse así, de distintas personas que habían terminado destrozándolo casi todo. Ya en aquella primera noche, nuestra conversación versó sobre los que habían muerto y que ya para nosotros tenían fama de Mártires. 



En noviembre de 1939, se puso una gran cruz como recordatorio de nuestros mártires, que posteriormente fue sustituida por una lápida. La fama de martirio perdura hasta nuestros días. Entre las familias de los Siervos de Dios, por lo que a mí me consta, también se les tiene como mártires y con gran sensibilidad porque la gente reconoce que el dar la vida por Cristo es una gracia de Dios muy grande.

Pozuelo (Madrid), actual lápida-recordatorio.
El P. Eutimio González, Vicepostulador de la Causa, con D. Antonio Jambrina, superviviente.
Con ellos, el P. Teótimo González, entonces Superior local



       

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